Con el cuerpo cansado y la mente furiosa, es que se fusionan estas palabras para dar sentido. Con los ojos que vieron, desde el otro lado de la luz, un mar dibujado a lapicera y con olor a café, lleno de neblina, de mirar a los ojos para no ver nada más. Mar que desemboca en delicados globos de servilleta, sobre los cuales se llega flotando a enredaderas deliciosas. Es ahí, en las enredaderas, donde se puede ver un valle de bardas rojas, un desfile de arcoíris, un pasado que no carcome pero tampoco invita, árboles negros y beige sobre la calle más ancha, y dos dedos que se pintan de verde. Es ahí, en las enredaderas, donde se arriesgan los suicidas desvelados que esperan, día a día, el momento que se encuentren, sin querer, con eso que buscan. Se arriesgan a la compañía de una semilla que germina, brota, respira, cuida, da fruto y comparte fuerzas. Se arriesgan a quedar desnudos, acostados en la sombra, observando al árbol ajeno que dibuja una sonrisa media...