Embriagado de letras y poesías.
Con el cuerpo cansado y la mente furiosa,
es que se fusionan estas palabras para dar sentido.
Con los ojos que vieron, desde el otro lado de la luz,
un mar dibujado a lapicera y con olor a café,
lleno de neblina, de mirar a los ojos para no ver nada más.
Mar que desemboca en delicados globos de servilleta,
sobre los cuales se llega flotando a enredaderas deliciosas.
Es ahí, en las enredaderas, donde se puede ver
un valle de bardas rojas, un desfile de arcoíris,
un pasado que no carcome pero tampoco invita,
árboles negros y beige sobre la calle más ancha,
y dos dedos que se pintan de verde.
Es ahí, en las enredaderas, donde se arriesgan
los suicidas desvelados que esperan, día a día,
el momento que se encuentren, sin querer, con eso que buscan.
Se arriesgan a la compañía de una semilla que germina,
brota, respira, cuida, da fruto y comparte fuerzas.
Se arriesgan a quedar desnudos, acostados en la sombra,
observando al árbol ajeno que dibuja una sonrisa medialuna,
escuchando al viento, que cae sobre la barda, rodar hasta sus oídos.
Es ahí donde las enredaderas se vuelven mar
azul, gris, violeta, naranja, marrón, y se arriesgan,
a ser de mal gusto,
a quedar desnudas, sobre la espuma fluorescente;
al borde de la lapicera que le dibuja ojos a las flores,
a reír por un chiste de Chaplin en pleno siglo XXI.
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