Rutas Argentinas

En algún lugar de la ruta entre Benito Juárez y Azul, perdí la cabeza. Algo me atrapó a las once de la noche, la más fría del verano, en la que el volante hacía fuerza hacia todos lados, queriendo escapar de mi fuerza contraria para domarlo.

Algo se sintió vivo por fuera de mi en ese viaje solitario, el viento dijo algo, el auto me saludó, la luna hizo una cara o los árboles dejaron de serlo. No sé. Solamente sentí un escalofrío de la realidad, un chucho absurdo que parecía una puerta que se cierra de golpe por una ráfaga de viento muy fuerte. 
Traté de entrar en razón pero lo que escuchaba no tenía sentido, era una radio en otro idioma, un extranjero tratando de calmarme en un país cada vez más lejano, extraño, ajeno, imaginario.

Apreté el acelerador para no perder la idea, estaba yendo a un lugar, la fuerza nueva sobresaltó al locutor, que comenzó a perder la paciencia. El viento empujaba las ventanillas, los árboles se formaban en torno a la luna, bailaban un ritual hermoso y antiguo. Mi esperanza era llegar a la ciudad.

Cuando la oscuridad se transformó en claridad, después de las doce, una gran calma ingresó a mi cuerpo, un alivio inducido por la estática de la radio.

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