Otra vez sopa

La verdad que pesa el estomago vacío. Cómo tirando hacia abajo, buscando la tierra, atravesando el cemento que todo lo inunda. Incluso los árboles en las veredas están varados en islas tan lejanas las unas de las otras que solamente se identifican cuando es necesaria una competencia. ¿Los árboles tienen solidaridad? Evidentemente no tiene solidaridad el que le dice, al que pide una moneda, afuera de un cajero automático y le falta una pierna, que "busque trabajo, vago". 
¿Serán tan violentos los árboles? ¿Las plagas que padecen? ¿Los insecticidas que les tiramos?

Otra vez sopa, o, irónicamente, otra vez hambre. Salir a recorrer la calle en busca de caras amigas (o menos tendientes al desprecio), que se apiaden del peso en mi pansa. No quiero la lástima de nadie, pero sería una lástima morir de sed a unos metros de una fuente. Porque ya no siento algunos dedos del pie y el frío es como una capa de cemento que me traga, me ahoga, me aplasta progresivamente, día con día, y no me quiero morir en el centro, lejos de mi familia. No quiero morir con la seguridad de que no soy el único que transpira fuego.

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