Erótica

 Te veo bajar del tren, a lo lejos, escondida detrás del barbijo. Veo como me buscas sin saber lo cerca que estamos. Tus ojos, perdidos en la multitud, son dos gotas gigantes que brillan apuradas, y yo con sed. Levanto la mano porque sé que me estoy perdiendo uno de los aromas más exquisitos de toda esta ciudad repleta de olores. Me acerco agitando el brazo, buscando que tus ojos caigan sobre el, como la cola de un león que se asoma entre la maleza, como advirtiéndole a su presa la búsqueda de saciar una necesidad. De todas maneras, yo no soy un cazador, y mucho menos un león. No tengo los huevos para acercarme tanto, a semejante asesina a sangre fría. Solamente estoy acá por una necesidad de la cual estoy advertido. 

No me gusta poner palabras en tu boca, pero, como ya me viste y faltan dos metros para entrar en contacto, es difícil poner barbijo con barbijo. No se me ocurre que más poner en tu boca.

Esos labios tuyos, que solamente puedo imaginar de un color violeta, carmesí, negro y todas las posibilidades, desde que llegaste al andén, son la pregunta que resuena en mi cabeza. Nos saludamos. Un escalofrío que recorre mi espalda cuando te sacas el barbijo con la delicadeza de quien se quita una vedetina, que cae un domingo al final del verano, mientras la "Y" se forma entre tu monte y tus piernas, que me van a apretar hasta marcar los riñones con sus talones. Solamente contemplo, estupidizado, haciendo sombra con la carpa. Trago la saliva que todavía no llegó al piso. Me recompongo, digo algo que te hace reír, me acerco a tu oído para decirte que hay algo que podrías sentir en este momento y no es el tren alejándose sobre las vías. Tu cara se inmuta y tu mano va hacia la carpa. Me agarras tan firme que ya no tengo control sobre mi. Me miras seria, de abajo hacia arriba, me decís "qué lindo gesto", mientras tu mano va hacia mi nuca y me aferras contra tu boca. No sé en que momento se desabrochó mi cinturón, pero trato de acomodarme mientras pasan los de seguridad, que miran muy raro la situación recién acontecida. Te preguntan "¿Estás bien? ¿Este tipo te está molestando?", vos haces un gesto con la cabeza, sin mirarlos, y te prendes un cigarrillo.

Vamos caminando por la ciudad, hacia un parque, sobre la ciudad nublada, de repente no veo la ciudad, solamente estás vos, caminando desnuda sobre las nubes, con la mirada sobre mi cuerpo y tus tetas al frente ¿Qué ven esos ojos marrones? Paramos un segundo en la plaza, nos sentamos en un banco. Yo tengo un porro para compartir y una manija que bajar. Lo prendo, lo inhalo y te lo paso. Nos quedamos unos minutos hablando de la semana, del tren, del frío, del recorrido. Yo trato de decodificar los sonidos que salen de tu boca, pero solo puedo interpretarlos como distintos gemidos. En un momento, tu boca queda cerca de la mía y no puedo evitarlo, quiero saborear tu cigarrillo. Exquisito cenicero de placeres, soy tan fácil de prender que, estoy seguro, en mi otra vida fui pirómano. Miro un instante hacia abajo, a ver si seguimos flotando sobre las nubes, pero veo que falta la tira delatora, no tenés corpiño. Tus tetas empiezan a ser un rompecabezas que tengo que imaginar armado porque no está en la tapa de la caja. Quiero armarte ahora mismo. Vos lo sabes y, muy casualmente, apoyas la palma de tu mano sobre la parte interior de mi muslo. Casualmente no exploto en la plaza y te agarro la nuca. Con firmeza, aprieto tu cuello desde atrás, con mis manos frías controlo el movimiento de tu cabeza, que, a estas alturas, desearía tener en el mismo lugar que tu mano. Te alejo de mi, unos centímetros y contemplo tu boca abierta. 

Alguno de los dos dice "Vamos...". 

Y nos vamos.


Comentarios