Perro Perdido
Una noche, mientras caminaba hacia mi casa, volviendo de la facultad, encontré a un perro en una oscura calle vacía. Yo lo vi a el y el me vio a mi, nuestras miradas estaban clavadas. Caminé hasta donde estaba el para acariciarlo y, como estaba asustado, se alejó de mí con inseguridad. Yo también estaría asustado si veo que alguien, a las 23:00, en una calle vacía, intenta acercarse. Me arrodillé e hice sonidos que me parecieron "amigables", el comenzó a ladrar y yo seguía arrodillado. Unos intentos fallidos más tarde, se acercó a mi mano para olerla y reconocerme. Luego de 100 metros, noté que tenía la cola entre las patas y todavía seguía a mi lado.
-¿Estás perdido?- le dije (Obviamente, el no me dijo nada porque, si fuera así, el título de este cuento sería "Perro Parlante"). Noté que tenía una correa, con una placa de metal que decía su nombre y un número de teléfono. -Así que sos "Fuccó". Vení, conozco una fiambrería a unas cuadras donde nos pueden ayudar.-
Mientras caminábamos hacia la fiambrería pensé "Será ´Fuccó´ por ´Michelle Foucalt´, que nombre de mierda para un perro". Llegamos a la fiambrería y le comenté a la persona detrás del mostrador mi situación. Enseguida llenaron un balde con agua y agarraron los sobrantes del día. Fuccó, que seguía perdido, entró en un estado de inquietud por la presencia de más personas, aunque, luego de tomar agua y comer un poco, se sintió igual de agradecido que yo y se dejó mimar por las personas que se encontraban en aquella fiambrería nocturna.
Ahora tocaba llamar al número en el collar que tenía Fuccó en el cuello. Lo cual no era tarea fácil por el estado de nerviosismo de Fuccó. Trataron de agarrarlo y mantenerlo quieto, lo cual, no funcionó y aumentó la ansiedad de ese animal. Decidí quitarle la correa. Una vez logré apaciguar a Fuccó, le quité la correa y llamé. Atendió una señora, no muy contenta, que, después de enterarse que Fuccó estaba conmigo, preguntó:
"¿Donde está ese hijo de puta?".
Pensé en decirle otra calle, en mandarla al otro lado de la ciudad, yo conocía a gente que iba a querer mucho a un perro como el, además de la gente de la fiambrería que ya se había amigado con el y le seguían dando pedacitos de jamón y queso. Pensé en el perro y en el "porqué" de su escape ¿Estaba asustado porque estaba perdido? ¿o estaba asustado por la familia con la que había vivido?. Decidí tomar el camino cobarde. Además, la señora tenía mi número..
Mientras esperábamos, charlamos de los días fríos de invierno y del recuerdo de noches tranquilas, sin ansiedades nocturnas, sin señores de saco con la solución espragette. -Me gustaría ser un perro... Oler culos, no trabajar, no pensar en cuando te depositan el aguinaldo. ¡Y la cuotas del lavarropas!- Dijo la chica que atendía la fiambrería.
En seguida mi juicio me hizo pensar en dos franceces importantes: María Antonieta y Foucalt. La torta y la celda. El hambre y los ojos.
¿Cómo sabía yo que, esta persona, no se daba cuenta de sus privilegios de clase? ¿Acaso importaba? Simplemente hice lo que un "buen" peronista hace cuando se encuentra ante una charla que deja ver cualquier posición política: Sonreí y dije -A mi también-. Los minutos pasaban, el aire de la noche era como un primer vaso de vino.
Ella llegó envuelta de malhumor en un taxi. Mientras bajaba, se prendía un cigarrillo nervioso con el encendedor del taxista. Su cara malhumorada dejaba ver ansiedad, miedo e impotencia. Me miró, la miré, y corrió la cara antes de que pudiera decir algo. Gritó "Gracias pibe, ya lo estaba extrañando", y luego gruñó una pregunta al taxista, que le respondió "Si". Fuccó seguía a mi lado, abrazado a mi pierna. Ella agarró a Fuccó y le indicó que se suba al auto, Fuccó volvió a mi e intentó decirme que no lo deje en las garras de aquella persona, su dueña. No pude hacer nada más que decirle a la señora que tenga cuidado con su perro. Ella tiró una mirada como un escupitajo lleno de flema y mocos dirigido hacia mi. Agarró al perro, lo subió al auto y desapareció en la avenida con nombre de científico Nazi.
Le agradecí a las personas de la fiambrería y seguí mi camino a casa, pensando en mi miedo, mi ansiedad y las cosas que me ayudan a no perderme
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